Posteado por: luissandovalgodoy | mayo 22, 2013

2011 San Agustín Caloca

Diapositiva1Con dibujos de Rodolfo Caloca. Portadas de Pedro Rentería Vírgen y Fotografía de Don Pedro Rodríguez Sommelera. 2011 Castro Editores 90 páginas de esta obra de historia, personajes y espacios en el tiempo de siglo XX…

Una Advertencia:

Su nombre quedó inscrito para siempre

Tenemos que repetir sus nombres, que es tanto como señalar su título principal, el nombre egregio de dos teulenses que no dudaron en dar su sangre en testimonio de amor, en grito de fe, en proclamación de la realeza de Cristo.

Fueron dos los nombres luminosos que salieron al bordo de la historia en aquel capítulo de odio y de muerte que puso sombras ominosas en la vida nacional.

Quisieron hacer de éste un pueblo de recalcitrancias liberales, con resabios de ateísmo, quisieron arrancar hasta en el nombre las huellas venerables de un cristianismo acendrado en el tiempo, hendido en cuatro siglos de historia, enraizado fuertemente en la vida de las generaciones que pisaron este suelo, y no esperaban que surgiera de pronto la gallardía luminosa de dos teulenses erigidos como pregoneros del Rey, como heraldos de Cristo, anunciando delante de él, en la vida de cada uno de los teulenses, que por él fuimos y somos, por él viviremos y trascenderemos a eterna vida.

Dos teulenses que acaso no se conocieron ni se trataron entre sí, pues su disímbola condición en lo humano los mantuvo en alguna distancia, hasta el momento sublime, el mismo año, uno el 25 de mayo, otro el 21 de junio de 1927.

El Padre Agustín Caloca miembro de una estirpe de familias destacadas en más de un concepto, respondió al llamado de su vocación y en apenas cuatro años de sacerdocio laminó en su espíritu los destellos divinos que lo hicieron digno del supremo sacrificio de su vida.

El Padre José Isabel Flores, miembro de una familia modesta,  acrisoló en su alma la gracia divina y así como en su humilde condición de cuidador de becerros allá en rancherías próximas, se perdía en los florecidos campo del verano, fue él mismo flor de pureza, de fe y entrega al servicio de los demás, flor de las flores, que no dudó en poner su cuello, como Juan el Bautista, y cortada su cabeza, ofrecerse en holocausto, lirio de gracia y de amor.

Cuando se cumplían 50 años del sacrificio de estos sacerdotes, y aún no se tenía fecha y ni siquiera certeza de la glorificación dos teulenses en el número de los santos, se quiso hacer un recuerdo, en especial del Padre Agustín Caloca cuyos antecedentes eran más conocidos, se llevaba cuenta de sus virtudes, sus familiares lo recordaban con dolor, pero también con honor y con amor.

Y dijo uno de estos días Mons. D. Ramiro Valdés Sánchez, Vicario General de la Arquidiócesis, ¿por qué no haces una reedición de esos textos; que no se pierda, que no se olvide la figura de San Agustín Caloca, a reserva de hacer otro tanto con San José Isabel Flores?

Aquí está la reproducción íntegra de aquello que se publicó el año de 1975. Hay que leerlo todo, desde su presentación que contiene conceptos enjundiosos, sentidos y dichos con la devoción profunda de años felices de la vida.

Y luego los testimonios de las personas más calificadas que conocieron de primera mano, que trataron personalmente a San Agustín, que pudieron tener constancia del reflejo de santidad que se traslucía en su palabras, que irradiaba todo él en su llamado divino, escogido en los misteriosos designios de Dios para ser llevado hasta el altar del sacrificio y con su sangre y con la sangre de San José Isabel Flores, poner a nuestro pueblo, en distinción que no tiene otro pueblo ninguno, para una dimensión que está más allá de toda consideración humana, un pueblo mágico que toca su historia en las fimbrias de lo divino.

Testigos de la historia, voz autorizada, ellos mismos en una vida con singulares relieves de virtud y de santidad, pudieron decir y dijeron aquí, con la invitación a hacer que los lectores hoy, reciban y gocen espiritualmente de las señales que ellos recogieron y atestiguan en sus escritos:

D. José Pilar Valdés, primer alumno del Seminario fundado por San Cristóbal Magallanes en Totatiche; compañero de Agustín en el mismo Seminario, luego párroco de Totatiche que exhumó piadosamente los restos del mártir y da testimonio vivo de circunstancias, actitudes, palabras, signos sublimes que de modo singular recogió de su trato con el santo mártir como alumno y después como prefecto de aquel pequeño Seminario. Fue luego el Padre Quezada, obispo de Acapulco.

Nuestro paisano el Padre Rafael Haro Llamas recibió un día atenta invitación: Padre, ¿Por qué no escribe una relación de aquello que vivió en la aprehensión del Padre Caloca?  Si usted no lo cuenta, nadie podrá sino referirlo en lo general, pero no con la constancia viva de quien fue parte de aquel momento. Sí, pienso que tienes razón al decirme todo esto, pero sucede que no me siento capaz para tramar un relato de aquello que me sacudió tan hondamente. En fin, déjame intentarlo. Dos semanas después tuvimos el relato completo que aquí se contiene, por cierto trazado en una transparencia, en una sencillez, en una emoción, en una vivacidad que cautivan desde la primera línea.

El señor presbítero don Nicolás Valdés, hermano de aquel egregio párroco del Teúl, D. Ángel Valdés, también exalumno del Seminario de Totatiche. Nicolás conoció y trato al seminarista Agustín, luego al Padre Agustín y participó en el trance angustioso de su aprehensión y de su sacrificio. Él mismo sufrió en su vida los golpes de la persecución en el caso de su padre y de su hermano Cándido, víctimas del odio contra la fe cristiana. Y como en un acto de compensación, como una respuesta a quienes quisieron raer de México la vida cristiana, dedicó toda su vida, su alta capacidad como investigador, a reunir el mayor número de documentos de La Cristiada y no dudó en ponerlos generosamente en manos del historiador Jean Meyer para el mejor texto que existe sobre aquel sangriento hecho.

Viene también el testimonio inesperado de una respetable señora de Colotlán que asistía a los actos del Cincuenta Aniversario de nuestros mártires en Totatiche. Interpelada acaso con palabra fuerte, si Colotlán fue consciente del papel que le tocó jugar en aquel triste episodio, si su pueblo llegó a percatarse de lo que significo ser escenario para el sacrificio de dos sacerdotes inocentes. Y su respuesta vibrante y vehemente, al dar cuenta de lo que fue para Colotlán saber que su nombre, en la historia, quedará por siempre unido a los de los santos mártires.

Vienen finalmente cartas, documentos, informes, reseñas de todo cuanto se hizo al traslado de los restos venerables de San Agustín Caloca, a nuestra parroquia. Un hecho, y un mérito que siempre hemos de recordar en el nombre de aquel párroco, D. Ángel Gómez  que dejó, en muchos aspectos, una huella luminosa de su sacerdocio en nuestro pueblo.

Como complementos de lujo, viene el poema que escribió el Padre Agustín como un ejercicio dado a sus alumnos de la clase de literatura para hacerles notar las cartacterísticas de la estrofa sáfica; entraña éste un latido hondo, una sublime aspiración de quien ya presentía o anhelaba el sacrificio de su vida en el ara del amor. Además, el texto que en sus funciones de prefecto del Seminario Auxiliar, presentó al Rector del Seminario Conciliar sobre el desarrollo del curso correspondiente al año 1925; tal su modo de pensar, tal su foma de expresión, tal el sentido de su responsabilidad, al frente de este Seminario.

Y ya está. Hay que seguir con delectación espiritual, con gozo del alma, con agradecimiento rendido a Dios, la historia de este heraldo santo de Cristo, San Agustín Caloca, a reserva de hacer otro tanto, con el nombre, la vida y el sacrificio de San José Isabel Flores.

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Para hacer contacto con el autor Luis Sandoval Godoy:

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Posteado por: luissandovalgodoy | mayo 20, 2013

Agustín Caloca Cortés

REF wikipedia

“Nosotros, por Dios vivimos y por Él morimos”

El Padre Agustín Caloca, nacido en Zacatecas en 1898, fue un sacerdote humilde en su proceder y de sana alegría que dio su vida por Cristo. Un día del mes de mayo de 1927 llegó hasta el Seminario Auxiliar de Nuestra Señora de Guadalupe la noticia de que soldados de la federación se encontraban casi a la entrada de Totatiche. El Padre Agustín Caloca, prefecto del Seminario, dio la orden de que los alumnos abandonaran rápidamente el plantel y se dispersaran para pasar como vecinos ordinarios del pueblo. Él se quedó al último para evitar hasta donde fuera posible la apariencia de una casa de estudio para seminaristas.

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